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Roma IV y último

domingo, 15 de febrero de 2009

Roma es inmensa, preciosa y eterna. Pero también es vieja, ruinosa y, tal vez por eso, preciosa. Al fin y al cabo conserva esa belleza inmaculada que mantienen las ruinas tanto tiempo, a pesar de estar incompletas, despedazadas, melladas y arrebatadas de todo su esplendor. Roma se resume a la perfección en esas restos que, después de todo, se conservan erguidos y orgullosos. En ese curioso aspecto de dignidad que conservan, alzándose hacia el cielo, para siempre algunas ruinas.

Roma III

jueves, 12 de febrero de 2009

 Miguel Ángel tallando un fauno. Escultura de Emilio Zocchi. 1862

"Señor, si algún proverbio antiguo es cierto, es el que dice que el que puede nunca quiere. Tú has creído fábulas y murmuraciones has recompensado al enemigo de la verdad. Yo soy y he sido tu bueno viejo servidor , y te soy adicto como los rayos el sol … ¡mi tiempo perdido no te aflija! que mientras más me esfuerzo menos te complazco. Yo había esperado engrandecerme con tu grandeza, y que mis únicos jueces fueran la balanza justa y la espada poderosa, y no el eco de la mentira. Pero el cielo se mofa de la virtud, cuando la coloca en este mundo, si debe la virtud coger los frutos de un árbol seco."


Miguel Ángel Bounarroti.

Roma II

martes, 10 de febrero de 2009

EL SALTO

Somos como un caballo sin memoria,
somos como un caballo
que no se acuerda ya
de la última valla que ha saltado.

Venimos corriendo y corriendo
por una larga pista de siglos
y de obstáculos.                  
De vez en vez, la muerte...
                              ¡el salto!
y nadie sabe cuántas
veces hemos saltado
para llegar aquí,    
ni cuántas saltaremos todavía
para llegar a Dios que está sentado
al final de la carrera...
esperándonos.

Lloramos y corremos,
caemos y giramos,
vamos de tumbo en tumba
dando brincos y vueltas entre pañales y sudarios.

León Felipe.

Roma I

lunes, 9 de febrero de 2009



LO QUÉ DEJE POR TI

Dejé por ti mis bosques, mi perdida
arboleda, mis perros desvelados,
mis capitales años desterrados
hasta casi el invierno de la vida.

Dejé un temblor, dejé una sacudida,
un resplandor de fuegos no apagados,
dejé mi sombra en los desesperados
ojos sangrantes de la despedida.

Dejé palomas tristes junto a un río,
caballos sobre el sol de las arenas,
dejé de oler la mar, dejé de verte.

Dejé por ti todo lo que era mío.
Dame tú, Roma,  a cambio de mis penas,
tanto como dejé para tenerte.

Rafael Alberti.