La evolución científica del ser humano

domingo, 23 de noviembre de 2008

Nunca el ser humano estará tan evolucionado como ahora. No porque no vayan a nacer nuevos genios que hagan prosperar este desafortunado planeta, sino porque ya se acabó la selección natural. Ante la igualdad de oportunidades se preserva la mediocridad de los seres humanos. ¿Suena a nazismo? ¿A supremacía de una raza perfecta? No es mi intención. Pero sí quiero hacer ver que el ser humano, como especie, está abocado a la mediocridad. El resto de especies planetarias siguen evolucionando, siguen siendo seleccionadas naturalmente pero nosotros ya no.

Porque la naturaleza, sabia y vieja como ella sola, en su reposado caminar a lo largo de los tiempos ha dejado hacer a las especies, les dio libre albedrío pero dentro de una caja de zapatos con reglas. Y ahí, en esa caja de zapatos los animales fueron creciendo, muriendo, viviendo y comiéndose unos a otros. Todo era perfecto, la naturaleza podía vivir tranquila y en paz sabiendo consumado su plan perfecto. Pero algo falló. De pronto, una de las especies destapó esa caja de zapatos para asomarse a ver qué había fuera. La inteligencia. Ésta sí que es buena, debió pensar la naturaleza. Y el hombre, con la inteligencia por bandera, decidió imponer sus reglas. Y ahí se acabó todo, la evolución del hombre ha terminado.

Ahora comienza otro tipo de evolución, más romántica si cabe, porque nace directamente del empeño que pone una especie en perfeccionarse a sí misma. La evolución biológica se debía únicamente al azar, a las pocas o muchas ganas que tuviera la naturaleza de calentarse la cabeza. Ahora, si el ser humano se perfecciona, consigue vivir más años, tener menos enfermedades o explorar los misterios de su propio ser es porque él mismo se empeña en ello. Y creo que la naturaleza no tiene por ahora ningún plan para nosotros. La evolución nos dio la inteligencia y ahora nosotros la aplicamos. Somos nuestra propia naturaleza. Somos nuestro propio Dios.

Hace pocos días se ha descubierto un organismo unicelular de 3 centímetros de diámetro (el tamaño de la tecla Enter de un teclado cualquiera, aprox). Piensen que la célula más grande del ser humano puede ser un óvulo, que tiene un tamaño aproximado de 150 micrómetros. La naturaleza es grande, hermosa y maravillosa, y esto lo demuestra. Pero la ciencia también lo es. Y aunque quizás el ser humano no continúe su lógica evolución precisamente porque se lo ha autoimpuesto con sus reglas sociales y morales de que todo individuo merece el mismo respeto, se ha propuesto –inconscientemente—no dejar las cosas así y buscar, luchar e investigar por no estancarse en la mediocridad.

La cultura de la democracia

domingo, 16 de noviembre de 2008


Mano con flores, de Pablo Picasso. 1958

La democracia fue folio en blanco y aún lo estamos escribiendo. Entre sus letras encontramos la prosa fría y objetiva de la política que fue la argamasa de la que surgió todo. Pero entre esas líneas, fijándonos un poco, podemos entrever las letras poéticas, apasionadas y tiernas de la cultura. Los hijos de la transición crecieron en los ochenta con unos representantes de la cultura española muy concretos que hoy por hoy le ceden el testigo a otra generación de artistas que, conscientes o no, son los encargados de marcar los derroteros que tomará la cultura en los próximos años en este país.

Musicalmente hay vanguardia: Quique González, Iván Ferreiro, Xoel López, Rubén y Leiva, Carlos Chaouen o Rebeca Jiménez son los nuevos Joaquín Sabina, Joan Manuel Serrat, Luis Eduardo Aute o Antonio Vega y son la cima del iceberg cultural de la música de este país. Ana Belén, Victor Manuel o Miguel Ríos se han echado a un lado para dejar pasar a esta maravillosa vertiente de compositores y cantautores. Nacha Pop, Los Secretos, Loquillo y Los Trogloditas, Hombres G o Manolo García han ido dejándole vía libre y cediéndole el testigo a otros desde hace tiempo: Vicente Amigo, Ismael Serrano, Carlos Tarque, Carlos Goñi, Bunbury, Diego el Cigala o Antonio Flores sostuvieron el testigo que hoy comparten con los nuevos cantautores representando la música del nuevo siglo en España y copan el panorama musical nacional con sus canciones y sus nuevos discos.

Pero no sólo la música es cultura, oigan. Los hijos de la transición cogían de la mano a la chica de sus sueños en cualquier sala de cine con las primeras películas de Pedro Almodóvar, con un Antonio Banderas sin haber emigrado aún. Con José Luis Garci, Carlos Saura, Mario Camus, Alfredo Landa, José Luis Cuerda, Julio Medem, Víctor Erice o Luis García Berlanga que dejaron paso a otros como Javier Bardem, Alejandro Amenábar, Javier Cámara, Óscar Jaenada, Isabel Coixet, Ariadna Gil o Agustín Díaz-Yanes. El séptimo arte en este país parece como si siempre hubiera estado en crisis, pero lo que siempre ha habido son honrados trabajadores del oficio y gente culta y honesta con su profesión, que han luchado y trabajado toda su vida por una causa que parece perdida de antemano. Hoy, los antes citados junto con Unax Ugalde, Eduardo Noriega, Elena Anaya, Pilar López de Ayala, Eduard Fernández o Blanca Portillo siguen en la más dura y desagradecida trinchera de la cultura en España.

Y las letras. Los hijos de Adolfo Suárez empezaron a abrir los libros de Juan Marsé, Juan Benet, Miguel Delibes, José Agustín Goytisolo, Sánchez Ferlosio, Camilo José Cela, Jaime Gil de Biedma, Blas de Otero o Antonio Gala. Eran las letras de España, y eso, indudablemente, influyó en su manera de pensar y ver el mundo. Pero en la literatura los cambios generacionales se notan bastante menos. Autores que publicaban en aquellos años aún hoy siguen escribiendo y siguen en la vanguardia de las letras. Pero llegan nuevas ideas, gente nueva que desde los noventa desarrollan gran parte de su obra literaria: Isabel Allende, Ray Loriga, Matilde Asensi, Arturo Pérez-Reverte, Javier Marías, Juan Eslava Galán… Pero aquí es más difícil ver el testigo pasando de unas manos a otras. Las letras se hacen puras con los años y eso se nota. Y los clásicos siempre estuvieron ahí: Pío Baroja, Rafael Alberti, Federico García Lorca, Francisco de Quevedo, Luis de Góngora, los hermanos Machado, Benito Pérez Galdós, Calderón, Lope de Vega, Valle-Inclán, Buero Vallejo… Ellos nunca se agotan, son el sustento, son referente y guía y faro de quienes amamos o de quienes se dedican a las bellas artes de la cultura española.

Como ven, no se agrupan por edades, sino por disciplinas y momento histórico de creación artística. Hoy son ellos quienes salvaguardan la cultura en España y nos representan en el mundo. Y si su deber es el de ejercer su profesión de la manera más honrosa posible, siendo como son representantes de este país –porque la cultura es la mejor representación de un país, más allá de los políticos o la diplomacia–, tal vez el nuestro sea el de apoyarlos, verlos, escucharlos y leerlos sin parar, más allá de identidades políticas que no nos dejan leer las líneas cálidas y hermosas de ese folio en blanco del que hablé al principio. Porque, al fin y al cabo, tal vez esa sí sea una bella y loable forma de patriotismo.

Reconstrucción

sábado, 8 de noviembre de 2008


El problema de tener veintipocos años y leer libros es que al final nunca tienes contento a nadie. Porque entre los que no leen ni quieren hacerlo, y los que leen pero consideran que lo que tú lees no vale un pimiento, no hay manera de que respeten lo que haces. Todo empezó hace años, cuando por primera vez cogí un libro por voluntad propia. Los mayores de mi alrededor me miraban sonrientes y me decían que eso estaba bien pero, pobre truhán, amigo de lo llano, si lo que quieres es literatura de aventuras tira ese libro y lee los que yo te recomiendo. Eso me decían. Es que este me gusta, respondía yo, imberbe todavía. Entonces se reían todos juntos y me dejaban tranquilo. Luego fui creciendo y caí en la cuenta de que ya no tenía que esconder que leía literatura menor, facilona, de alcantarilla, sino que tenía que esconderme directamente del hecho de leer, pues mis congéneres me empezaban a considerar un friki. Luego, con los cambios hormonales propios del crecimiento empecé con otros devaneos culturales: el cine. Eso era más guay, pero también volvía a pecar de solitario. Aún así aprendí un par de trucos grabando en mi memoria algunas frases para utilizar en situaciones emocionalmente comprometidas. A pesar de eso la literatura estaba por ahí, rodeándome, hasta que un buen día aprendí una lección que aún no he olvidado: es imposible tener contento a todo el mundo. Y vive Dios que he conseguido tener la conciencia tranquila con esa idea en la mente, al menos hasta hoy (toco madera).

Pero decía Ortega y Gasset que sorprenderse y extrañarse es comenzar a entender. Y yo comencé a entender el mundo ese día que empecé a leer, a ver y a escuchar lo que yo creí oportuno. Porque ése es el lujo de quien labra su propio camino entre la maleza: porque equivocarse o acertar pueden generar la misma cantidad de sentimiento, ya sea gratificante o desolador. Y eso es maravilloso. Al fin y al cabo apostar es un verbo que utilizamos, sin saberlo, todos los días de nuestra vida. Porque ¿acaso existe el camino correcto? Es factible, sin duda, que creamos encontrarnos en él hasta que, un buen día, dejemos de creerlo. Y tener presente eso es un paso de gigante para entender la sociedad y el mundo. Comprender que, en la vorágine del día a día todos, absolutamente todos, en mayor o menor medida, nos dejamos llevar, nos dejamos arrastrar por esa corriente incontrolable que se llama libertad. Entiéndanlo, no quiero dogmatizar, pero es así. La vida es hermosa y vulgar, es excepcional y cotidiana según cómo se mire.

Con todo esto no quiero sino hacerles entender qué extraña razón me lleva a escribir aquí. Porque quizás llegó el momento de pasar de las ideas a los hechos. Tal vez llegó la hora de sentarnos y pensar qué podemos nosotros aportar a todo esto. Y todo eso, conscientes de que es imposible tener contento a todo el mundo. Es nuestra particular reconstrucción. Y bueno, ya hemos construido la trinchera y las armas nos las dieron los que nos enseñaron que existe la razón, la ciencia, la cultura, las letras y el pensamiento. Y aunque hoy por hoy nos dejamos el alma en empujar una rueda cuadrada, confiamos en limar las asperezas poco a poco hasta que ruede por sí sola.