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Ladrones de sueños

jueves, 30 de abril de 2009


Nos lo roban todo. Hasta los sueños. Quieren su monopolio. La música, que siempre fue reservorio de ideales y de cizallas con las que romper cadenas ya no lo es. Es industria, mercadotecnia. Todo es imagen. Esa misma industria, la que nos gobierna y manipula, se revela contra nosotros cuando rompemos las reglas, no nos quieren dejar elegir por nosotros mismos. Un pueblo culto es un pueblo libre. Un pueblo libre ya no es rentable.

Los sentidos tampoco son libres de hacer su función por sí mismos. Ya no les dejamos sentir. Nos lo dan todo masticado y triturado, tan sólo hemos de ingerirlo sin quejarnos en exceso. El acartonamiento de la SGAE, sin dejar de tener límite, tampoco deja de sorprendernos. Dinero, dinero y más dinero. Como sea y de donde sea. Todo suena demasiado oscuro, mediático a partes iguales. Y todo enarbolando una bandera de derechos que muy pocos han pedido. No hay mayor gloria para un artista que ver su obra en todas partes.

Dejadlos que sean libres. Dejadnos a cada uno con nuestras conciencias. Luchad por un país que pueda presumir de su cultura, como antaño. Que las fortunas se hagan con cultura y no a base de campañas publicitarias y porcentajes económicos. Dejadnos alimentarnos de los frutos que encontremos por el bosque. Dejadnos indagar, buscar y encontrar a todos con las mismas posibilidades. No nos los entreguéis. Tan sólo permitidnos encontrarlos.

La cultura de la democracia

domingo, 16 de noviembre de 2008


Mano con flores, de Pablo Picasso. 1958

La democracia fue folio en blanco y aún lo estamos escribiendo. Entre sus letras encontramos la prosa fría y objetiva de la política que fue la argamasa de la que surgió todo. Pero entre esas líneas, fijándonos un poco, podemos entrever las letras poéticas, apasionadas y tiernas de la cultura. Los hijos de la transición crecieron en los ochenta con unos representantes de la cultura española muy concretos que hoy por hoy le ceden el testigo a otra generación de artistas que, conscientes o no, son los encargados de marcar los derroteros que tomará la cultura en los próximos años en este país.

Musicalmente hay vanguardia: Quique González, Iván Ferreiro, Xoel López, Rubén y Leiva, Carlos Chaouen o Rebeca Jiménez son los nuevos Joaquín Sabina, Joan Manuel Serrat, Luis Eduardo Aute o Antonio Vega y son la cima del iceberg cultural de la música de este país. Ana Belén, Victor Manuel o Miguel Ríos se han echado a un lado para dejar pasar a esta maravillosa vertiente de compositores y cantautores. Nacha Pop, Los Secretos, Loquillo y Los Trogloditas, Hombres G o Manolo García han ido dejándole vía libre y cediéndole el testigo a otros desde hace tiempo: Vicente Amigo, Ismael Serrano, Carlos Tarque, Carlos Goñi, Bunbury, Diego el Cigala o Antonio Flores sostuvieron el testigo que hoy comparten con los nuevos cantautores representando la música del nuevo siglo en España y copan el panorama musical nacional con sus canciones y sus nuevos discos.

Pero no sólo la música es cultura, oigan. Los hijos de la transición cogían de la mano a la chica de sus sueños en cualquier sala de cine con las primeras películas de Pedro Almodóvar, con un Antonio Banderas sin haber emigrado aún. Con José Luis Garci, Carlos Saura, Mario Camus, Alfredo Landa, José Luis Cuerda, Julio Medem, Víctor Erice o Luis García Berlanga que dejaron paso a otros como Javier Bardem, Alejandro Amenábar, Javier Cámara, Óscar Jaenada, Isabel Coixet, Ariadna Gil o Agustín Díaz-Yanes. El séptimo arte en este país parece como si siempre hubiera estado en crisis, pero lo que siempre ha habido son honrados trabajadores del oficio y gente culta y honesta con su profesión, que han luchado y trabajado toda su vida por una causa que parece perdida de antemano. Hoy, los antes citados junto con Unax Ugalde, Eduardo Noriega, Elena Anaya, Pilar López de Ayala, Eduard Fernández o Blanca Portillo siguen en la más dura y desagradecida trinchera de la cultura en España.

Y las letras. Los hijos de Adolfo Suárez empezaron a abrir los libros de Juan Marsé, Juan Benet, Miguel Delibes, José Agustín Goytisolo, Sánchez Ferlosio, Camilo José Cela, Jaime Gil de Biedma, Blas de Otero o Antonio Gala. Eran las letras de España, y eso, indudablemente, influyó en su manera de pensar y ver el mundo. Pero en la literatura los cambios generacionales se notan bastante menos. Autores que publicaban en aquellos años aún hoy siguen escribiendo y siguen en la vanguardia de las letras. Pero llegan nuevas ideas, gente nueva que desde los noventa desarrollan gran parte de su obra literaria: Isabel Allende, Ray Loriga, Matilde Asensi, Arturo Pérez-Reverte, Javier Marías, Juan Eslava Galán… Pero aquí es más difícil ver el testigo pasando de unas manos a otras. Las letras se hacen puras con los años y eso se nota. Y los clásicos siempre estuvieron ahí: Pío Baroja, Rafael Alberti, Federico García Lorca, Francisco de Quevedo, Luis de Góngora, los hermanos Machado, Benito Pérez Galdós, Calderón, Lope de Vega, Valle-Inclán, Buero Vallejo… Ellos nunca se agotan, son el sustento, son referente y guía y faro de quienes amamos o de quienes se dedican a las bellas artes de la cultura española.

Como ven, no se agrupan por edades, sino por disciplinas y momento histórico de creación artística. Hoy son ellos quienes salvaguardan la cultura en España y nos representan en el mundo. Y si su deber es el de ejercer su profesión de la manera más honrosa posible, siendo como son representantes de este país –porque la cultura es la mejor representación de un país, más allá de los políticos o la diplomacia–, tal vez el nuestro sea el de apoyarlos, verlos, escucharlos y leerlos sin parar, más allá de identidades políticas que no nos dejan leer las líneas cálidas y hermosas de ese folio en blanco del que hablé al principio. Porque, al fin y al cabo, tal vez esa sí sea una bella y loable forma de patriotismo.