Sólo queremos la perfección. Aunque sea a través de la muerte. Descartamos individuos imperfectos, no preparados. Los niños sólo valen para darnos alegrías, no para machacarnos la vida. Está a nuestra disposición descartar las desgracias de la vida y aceptar los regalos del cielo mediante una criba espartana. Es tan sencillo ser Dios.
El sueño de Gattaca se hace realidad. La búsqueda de la perfección, de la superación de enfermedades, la felicidad a costa de ningunear a la tristeza. Es sencillísimo hacer de lo inmoral lo natural. La sociedad, por los siglos, evoluciona, ha de hacerlo, descontrolada. Hay que dirigirla. Las ganas de hacer algo no son razón de peso para legalizarlo. La vía de escape, la salida fácil, no siempre ha de ser la vía correcta. Sí sin embargo regular las mujeres que, violadas hasta el alma, deciden que el futuro no es capricho de uno solo.
Sean 22 semanas, 32 ó 10, una vida es una vida, venga como el destino quiera que venga al mundo. Porque el mundo y la vida sólo se hicieron para los valientes. Los cobardes, los que se amparan en cuatro leyes para seguir viviendo su vida de sueño no merecen ese privilegio. Sí sin embargo los que, sin rechistar en exceso, aceptan el ciclo de la vida con su caprichoso azar. Lo siento pero creo que apoyar el aborto no es ser ni progresista ni de izquierdas. Para mí, es simple y llanamente estar en contra de la vida.
Al fin y al cabo la vida son tres pilares: familia, trabajo y aficiones. Y no hay más. Luego cada uno vierte en ellos la proporción de tiempo y dedicación que quiere. Hay quienes deciden otorgarle a la vida sólo tiempo para el trabajo y la familia, por ejemplo. Hay otros que prefieren dedicarle tiempo al trabajo y las aficiones. Hay muchos tipos, desde luego, e incluso esas proporciones cambian a lo largo de la vida. Pero creo que es importante pensar en esto para que luego la vida no nos de sorpresas, que es muy aficionada ella a esas cosas.
Dentro del apartado aficiones están, entre muchas otras, los amigos. Tener amigos es una afición más: hay que dedicarles tiempo, cariño, esfuerzo y aprender a conservarlos durante mucho tiempo. Es frecuente quienes entre tanto ajetreo en la vida deciden que los amigos se tienen cuando uno es joven. Que más adelante todos sobran, ya hay otros pilares sobre los que sostenerse. Craso error. Más si se sabe que los amigos, como los buenos vinos, se vuelven más apetecibles cuando envejecen. No voy a ensalzar ahora todo lo positivo que tiene estar rodeado de buenos amigos, eso ya lo saben ustedes. Pero sí quiero que piensen esos tres pilares, en esas tres proporciones a lo largo de la vida, y en el lugar de los amigos en ese apartado de aficiones.
Yo, que gané algunos y perdí otros, nunca pensé en estas cosas que hoy escribo. Pero los amigos están ahí acompañándote perennes en el viaje de la vida, agazapados tras las cortinas del tiempo y la distancia, preparados para salir a tu encuentro cuando, queriendo o sin quererlo, les pidas auxilio a gritos. Porque uno se mete en la dinámica de los días y los años, de tener hijos, de ascensos en el trabajo, de los partidos de fútbol del fin de semana y se olvida de aquellos que están viviendo, a la vez que él, el mismo día a día y el mismo círculo vicioso de la vida. Por eso creo que son tres pilares que hay que organizar adecuadamente, equilibrándolos todos para una vida plena. Respeto opiniones y puntos de vista, pero creo que es de ley devolverles hoy lo que un día ellos me dieron a mí. Así que esta noche, queridos todos, brindaré por nuestra a amistad, porque creo que el tiempo que hemos estado juntos durante tantos años, nunca será tiempo perdido.
Puede que este sea el artículo más típico de los que haya escrito o vaya a escribir para Los Tiempos Modernos. Pero me da igual. Porque aquella mañana, cuando me despedía el paragüero vacío de mi casa de Pamplona, parecía que nada podía ir bien. Porque la sala de espera del centro de salud repleta de niños llorando y madres desesperadas tampoco indicaba mejoría en la situación. Porque otra vez la médico de siempre y yo, el alumno de siempre, sin mucho que aportar otro día más. Pero estaba equivocado, como casi siempre, pero esta vez un poco más. Porque hacia las once de la mañana entró ella. Ella, con todas las sonrisas del mundo dibujadas en la cara y con su niño en brazos.
No recuerdo sus nombres ni quiero hacerlo, porque aquella mujer y ese niño con síndrome de Down eran una bandera, un símbolo. Eran la batalla de la felicidad contra los elementos. Ese niño rechoncho y sano, lleno de vida, con esos ojos de eterna felicidad que tienen siempre los pequeños cuando nos miran. Tras las exploraciones de rigor llegaron las palabras, y con ellas más sonrisas, declaraciones de amor a ese niño, a esa prolongación de la vida que tienen las madres en sus hijos.
En mi cabeza sonó entonces el viejo grito de la guerra, y en mi corazón el ardor de la batalla. Despertó en mí ese viejo monstruo que todos llevamos dentro y que es lo único que nos da Dios para venir al mundo a llevarnos la vida por delante. Esa enseñanza de que a la felicidad no se la encuentra, sino que se la busca, se la coge uno y se la trae a su casa, y se la entrega a sus hijos, para que el día de mañana hagan lo mismo con los suyos. Y no hay más, damas y caballeros, la vida es sólo eso.
Ansiaba su compañía. Las maneras de madre orgullosa y fiel era todo lo que necesitaba en ese día y en todos los días de la vida. Quería que se quedaran junto a nosotros, pero todo es efímero. Todo excepto aquella sonrisa, espero. Y cuando salió por la puerta de la consulta, pensé que ojalá mi madre, mi novia, mis hermanas si las tuviera y todas las mujeres del mundo fueran como ella. Mujeres valientes. Porque ser valiente, no es sólo cuestión de suerte.
Para Migue, para Ana, y para Laurita, con dos lágrimas en la mejilla, y con toda la vida por delante.
Yo, que prefiero creer en Dios a no hacerlo, no me he sentido ofendido con el cartelito en cuestión, como otros. Digamos que he sentido indiferencia. Pero no indiferencia total, verán: desde el punto de vista religioso no siento afecto ni repugnancia ante la afirmación Probablemente Dios no existe. Pero desde un punto de vista intelectual sí me ha tocado la moral. Les voy a decir por qué.
Considero el ateísmo una opción muy válida de vida, pero es eso al fin y al cabo: una opción, es decir, es una creencia. Supongo que de ahí se deduce que utilicen la expresión probablemente, más propia del agnosticismo que del ateísmo. Pero eso es lo de menos; otros lo entendieron menos. Lo que más me ha dado que pensar es la coletilla disfruta de la vida. Es decir, ¿de verdad se consideran incompatibles ambas cosas? Y por otro lado, ¿de verdad los ateístas pretenden el pleno disfrute de los creyentes?
Evidentemente, no. Todo es marketing, mercadotecnia. Y es hipocresía, por supuesto. Con esta campaña se demuestra ese aire de cierta superioridad, como de libertad que sienten los ateos en presencia de un cristiano cuando se habla de Dios. Como si se hubieran regenerado sus alas para volar, como si ya no hubiera grilletes que les aten a los pesados lastres del catolicismo. Y todo ello aliñado con ese disfruta de la vida, chaval, como hago yo con mis retoños, no seas carca.
Por eso me siento ofendido. No porque utilicen el probablemente siendo ateos, ni porque me hayan descubierto que hay gente que no cree lo mismo que los demás. Me siento ofendido porque me creen –nos creen– tan tontos como para tragarnos esa historia del me preocupo por ti, compare, y por los tuyos. Eso en lugar de dedicar los esfuerzos a dar explicación a lo que los cristianos atribuyen a Dios. La idiotez como bandera en este país mediocre y conformista. Esto es lo máximo que se le ocurre a la doctrina religiosa que quiere dominar el siglo XXI en el mundo.
Como siempre la hipocresía coronándose reina de este país. Me los imagino a ellos, a los que crearon este invento, con una sonrisa cínica dibujándose en sus labios, con ese adiós orgulloso al autobús con el primer cartel de la discordia que partía hacia la gran ciudad a lo lejos. Hacia los miles de imbéciles dispuestos a darle importancia a todos los que no se la merecen.
Nunca el ser humano estará tan evolucionado como ahora. No porque no vayan a nacer nuevos genios que hagan prosperar este desafortunado planeta, sino porque ya se acabó la selección natural. Ante la igualdad de oportunidades se preserva la mediocridad de los seres humanos. ¿Suena a nazismo? ¿A supremacía de una raza perfecta? No es mi intención. Pero sí quiero hacer ver que el ser humano, como especie, está abocado a la mediocridad. El resto de especies planetarias siguen evolucionando, siguen siendo seleccionadas naturalmente pero nosotros ya no.
Porque la naturaleza, sabia y vieja como ella sola, en su reposado caminar a lo largo de los tiempos ha dejado hacer a las especies, les dio libre albedrío pero dentro de una caja de zapatos con reglas. Y ahí, en esa caja de zapatos los animales fueron creciendo, muriendo, viviendo y comiéndose unos a otros. Todo era perfecto, la naturaleza podía vivir tranquila y en paz sabiendo consumado su plan perfecto. Pero algo falló. De pronto, una de las especies destapó esa caja de zapatos para asomarse a ver qué había fuera. La inteligencia. Ésta sí que es buena, debió pensar la naturaleza. Y el hombre, con la inteligencia por bandera, decidió imponer sus reglas. Y ahí se acabó todo, la evolución del hombre ha terminado.
Ahora comienza otro tipo de evolución, más romántica si cabe, porque nace directamente del empeño que pone una especie en perfeccionarse a sí misma. La evolución biológica se debía únicamente al azar, a las pocas o muchas ganas que tuviera la naturaleza de calentarse la cabeza. Ahora, si el ser humano se perfecciona, consigue vivir más años, tener menos enfermedades o explorar los misterios de su propio ser es porque él mismo se empeña en ello. Y creo que la naturaleza no tiene por ahora ningún plan para nosotros. La evolución nos dio la inteligencia y ahora nosotros la aplicamos. Somos nuestra propia naturaleza. Somos nuestro propio Dios.
Hace pocos días se ha descubierto un organismo unicelular de 3 centímetros de diámetro (el tamaño de la tecla Enter de un teclado cualquiera, aprox). Piensen que la célula más grande del ser humano puede ser un óvulo, que tiene un tamaño aproximado de 150 micrómetros. La naturaleza es grande, hermosa y maravillosa, y esto lo demuestra. Pero la ciencia también lo es. Y aunque quizás el ser humano no continúe su lógica evolución precisamente porque se lo ha autoimpuesto con sus reglas sociales y morales de que todo individuo merece el mismo respeto, se ha propuesto –inconscientemente—no dejar las cosas así y buscar, luchar e investigar por no estancarse en la mediocridad.
El problema de tener veintipocos años y leer libros es que al final nunca tienes contento a nadie. Porque entre los que no leen ni quieren hacerlo, y los que leen pero consideran que lo que tú lees no vale un pimiento, no hay manera de que respeten lo que haces. Todo empezó hace años, cuando por primera vez cogí un libro por voluntad propia. Los mayores de mi alrededor me miraban sonrientes y me decían que eso estaba bien pero, pobre truhán, amigo de lo llano, si lo que quieres es literatura de aventuras tira ese libro y lee los que yo te recomiendo. Eso me decían. Es que este me gusta, respondía yo, imberbe todavía. Entonces se reían todos juntos y me dejaban tranquilo. Luego fui creciendo y caí en la cuenta de que ya no tenía que esconder que leía literatura menor, facilona, de alcantarilla, sino que tenía que esconderme directamente del hecho de leer, pues mis congéneres me empezaban a considerar un friki. Luego, con los cambios hormonales propios del crecimiento empecé con otros devaneos culturales: el cine. Eso era más guay, pero también volvía a pecar de solitario. Aún así aprendí un par de trucos grabando en mi memoria algunas frases para utilizar en situaciones emocionalmente comprometidas. A pesar de eso la literatura estaba por ahí, rodeándome, hasta que un buen día aprendí una lección que aún no he olvidado: es imposible tener contento a todo el mundo. Y vive Dios que he conseguido tener la conciencia tranquila con esa idea en la mente, al menos hasta hoy (toco madera).
Pero decía Ortega y Gasset que sorprenderse y extrañarse es comenzar a entender. Y yo comencé a entender el mundo ese día que empecé a leer, a ver y a escuchar lo que yo creí oportuno. Porque ése es el lujo de quien labra su propio camino entre la maleza: porque equivocarse o acertar pueden generar la misma cantidad de sentimiento, ya sea gratificante o desolador. Y eso es maravilloso. Al fin y al cabo apostar es un verbo que utilizamos, sin saberlo, todos los días de nuestra vida. Porque ¿acaso existe el camino correcto? Es factible, sin duda, que creamos encontrarnos en él hasta que, un buen día, dejemos de creerlo. Y tener presente eso es un paso de gigante para entender la sociedad y el mundo. Comprender que, en la vorágine del día a día todos, absolutamente todos, en mayor o menor medida, nos dejamos llevar, nos dejamos arrastrar por esa corriente incontrolable que se llama libertad. Entiéndanlo, no quiero dogmatizar, pero es así. La vida es hermosa y vulgar, es excepcional y cotidiana según cómo se mire.
Con todo esto no quiero sino hacerles entender qué extraña razón me lleva a escribir aquí. Porque quizás llegó el momento de pasar de las ideas a los hechos. Tal vez llegó la hora de sentarnos y pensar qué podemos nosotros aportar a todo esto. Y todo eso, conscientes de que es imposible tener contento a todo el mundo. Es nuestra particular reconstrucción. Y bueno, ya hemos construido la trinchera y las armas nos las dieron los que nos enseñaron que existe la razón, la ciencia, la cultura, las letras y el pensamiento. Y aunque hoy por hoy nos dejamos el alma en empujar una rueda cuadrada, confiamos en limar las asperezas poco a poco hasta que ruede por sí sola.
El que firma esta bitácora se considera un enamorado de dos cosas: de la Libertad y del Castellano. Sirvan estas letras para honrarlos a ambos. Siéntanse libres de leer lo que deseen y opinar sobre lo que más les apetezca que yo procuraré proporcionarles ambas cosas. Porque como dijo Gabriel Celaya: Hablando en Castellano, ya sé qué es poesía.
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