El Síndrome de la vida

lunes, 26 de enero de 2009

Puede que este sea el artículo más típico de los que haya escrito o vaya a escribir para Los Tiempos Modernos. Pero me da igual. Porque aquella mañana, cuando me despedía el paragüero vacío de mi casa de Pamplona, parecía que nada podía ir bien. Porque la sala de espera del centro de salud repleta de niños llorando y madres desesperadas tampoco indicaba mejoría en la situación. Porque otra vez la médico de siempre y yo, el alumno de siempre, sin mucho que aportar otro día más. Pero estaba equivocado, como casi siempre, pero esta vez un poco más. Porque hacia las once de la mañana entró ella. Ella, con todas las sonrisas del mundo dibujadas en la cara y con su niño en brazos.

No recuerdo sus nombres ni quiero hacerlo, porque aquella mujer y ese niño con síndrome de Down eran una bandera, un símbolo. Eran la batalla de la felicidad contra los elementos. Ese niño rechoncho y sano, lleno de vida, con esos ojos de eterna felicidad que tienen siempre los pequeños cuando nos miran. Tras las exploraciones de rigor llegaron las palabras, y con ellas más sonrisas, declaraciones de amor a ese niño, a esa prolongación de la vida que tienen las madres en sus hijos.

En mi cabeza sonó entonces el viejo grito de la guerra, y en mi corazón el ardor de la batalla. Despertó en mí ese viejo monstruo que todos llevamos dentro y que es lo único que nos da Dios para venir al mundo a llevarnos la vida por delante. Esa enseñanza de que a la felicidad no se la encuentra, sino que se la busca, se la coge uno y se la trae a su casa, y se la entrega a sus hijos, para que el día de mañana hagan lo mismo con los suyos. Y no hay más, damas y caballeros, la vida es sólo eso.

Ansiaba su compañía. Las maneras de madre orgullosa y fiel era todo lo que necesitaba en ese día y en todos los días de la vida. Quería que se quedaran junto a nosotros, pero todo es efímero. Todo excepto aquella sonrisa, espero. Y cuando salió por la puerta de la consulta, pensé que ojalá mi madre, mi novia, mis hermanas si las tuviera y todas las mujeres del mundo fueran como ella. Mujeres valientes. Porque ser valiente, no es sólo cuestión de suerte.

Para Migue, para Ana, y para Laurita, con dos lágrimas en la mejilla, y con toda la vida por delante.

8 comentarios:

Anónimo dijo...

Enhorabuena Álvaro. Me encanta lo que has escrito :)

Anónimo dijo...

Siempre es asombroso contemplar con qué orgullo mira una madre a su hijo, pero aún más el darse cuenta de cómo las personas se hacen fuertes frente a la adversidad.
Es increíble cómo los padres se vuelcan en esos niños que necesitan más apoyo y hacen de ellos las personas más felices del mundo. He podido comprobar como ellos se han convertido en los seres portadores de la felicidad que reciben, porque no hay ocasión en la que dejen de transmitirla.
Es lo que necesitamos las personas, mucho amor, por eso, cuando volvemos a nuestras casas después de un no tan largo viaje, lo que más echamos en falta es sentarnos un rato en el sofá con nuestros padres.

Eugenio Villar dijo...

Gestos, momentos como éstos son los que nos hacen ver de otra forma la vida. Que compartas con nosotros uno de ellos es un orgulo ;) Estos Despertares, que nos devuelven al ritmo valiente de la vida.

Un abrazo,

Mrk dijo...

Oda a la felicidad.
Sí señor, comparto que la felicidad es la clave del verdadero éxito.

Un fuerte abrazo, Álvaro!
Mrk

decolores dijo...

Emoción a flor de piel. Gracias por el regalazo, Álvaro.

Anónimo dijo...

Vaya Álvaro no tengo palabras....realmente has dado en el clavo para mí!! Personalmente hay veces que solo tengo ganas de ver a mis padres y abrazarles y sentirles cerca y saber que incondicionalmente ellos estaran a mi lado!! hay que ser valiente para traer hijos e hijas a este mundo, y todos nosotros tenemos ejemplos maravillosos a nuestro alrededor!!!

MUCHAS GRACIAS AMIGO!!!

Marisa Peña dijo...

Álvaro, yo que tengop dos pequeños hermosos y sanos no puedo sino emocionarme hasta la médula con tu artículo. Porque resumes lo que de verdad importa en este mundo hostil: el amor, la entrega, la mano amada-amiga apretando tu mano y reconfortando tu corazón. Desde que os he descubierto yo tengo el mío más reconfortado, de eso no cabe duda. Un abrazo

Paula dijo...

ay mi niño...

yo siempre digo que las madres, los currantes, los anónimos... son los héroes de nuestro tiempo. De este tiempo en el que la valentía no está tan bien vista

me alegra mucho ver que desnudas tu corazón de vez en cuando

un abrazo

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