lunes, 26 de enero de 2009
No recuerdo sus nombres ni quiero hacerlo, porque aquella mujer y ese niño con síndrome de Down eran una bandera, un símbolo. Eran la batalla de la felicidad contra los elementos. Ese niño rechoncho y sano, lleno de vida, con esos ojos de eterna felicidad que tienen siempre los pequeños cuando nos miran. Tras las exploraciones de rigor llegaron las palabras, y con ellas más sonrisas, declaraciones de amor a ese niño, a esa prolongación de la vida que tienen las madres en sus hijos.
En mi cabeza sonó entonces el viejo grito de la guerra, y en mi corazón el ardor de la batalla. Despertó en mí ese viejo monstruo que todos llevamos dentro y que es lo único que nos da Dios para venir al mundo a llevarnos la vida por delante. Esa enseñanza de que a la felicidad no se la encuentra, sino que se la busca, se la coge uno y se la trae a su casa, y se la entrega a sus hijos, para que el día de mañana hagan lo mismo con los suyos. Y no hay más, damas y caballeros, la vida es sólo eso.
Ansiaba su compañía. Las maneras de madre orgullosa y fiel era todo lo que necesitaba en ese día y en todos los días de la vida. Quería que se quedaran junto a nosotros, pero todo es efímero. Todo excepto aquella sonrisa, espero. Y cuando salió por la puerta de la consulta, pensé que ojalá mi madre, mi novia, mis hermanas si las tuviera y todas las mujeres del mundo fueran como ella. Mujeres valientes. Porque ser valiente, no es sólo cuestión de suerte.
Para Migue, para Ana, y para Laurita, con dos lágrimas en la mejilla, y con toda la vida por delante.


